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La casa de Arquímedes rememora de manera inequívoca más que a ningún texto literario del Siglo de Oro a Rinconete y Cortadillo. Una esclarecedora referencia para conocer la vistosa, espantosa y divertida organización interna del hampa sevillana, esa cátedra de la picaresca que impartía sus enseñanzas y orientaba de hecho a todas las demás entonces existentes.

La peculiaridad del refugio de Arquímedes se da en que la compaña de malhechores estaba plenamente constituida por niños, exceptuando el susodicho que ejercía las labores de tutor en las procelosas aguas de la picaresca y la vida al margen de la ley. Para albergar gente perdida de toda la gran variedad de especies, que constituían la picaresca en los postreros lustros de siglo XVI y XVII, no había en España ninguna ciudad tan a propósito como Sevilla.

La propia configuración social de la urbe hispalense, los enrevesados contrastes de su vida cotidiana, el mismo abigarrado trasiego de las flotas de Indias, permiten comprender que Sevilla («amparo de pobres y refugio de dechados» en palabras de Cervantes-) era efectivamente la meta ideal de toda clase de truhanes y pescadores en río revuelto.

Y no necesariamente escapados de esa gran masa de vagabundos que pululaban por el país, sino procedentes de otros estratos sociales. La tentadora atracción de Sevilla no tenía mucho que ver con el origen de los que buscaban en ella apaños y aventuras. En aquella Sevilla de la segunda mitad del siglo XVI, cuyo esplendor se emparejaba virtualmente con su turbiedad, ni siquiera los tribunales civiles parecían demasiado dispuestos a poner coto a tanto desaguisado. Y si lo hacían, tampoco faltaban a última hora las componendas más desordenadas.

Más aún en el caso de los huérfanos, tan abundantes que apenas podían ser atendidos por las instituciones y hospitales acogidas para el caso y donde recibían habitualmente un trato tan severo que les obligaba a fugarse y buscarse la vida por sí mismos.

Este es el caldo de cultivo propiciatorio para figuras como la del pillo Arquímedes, que ofrece la posibilidad de una guarida así como de obtener un medio (más que dudoso, por otra parte) de ganarse la vida a todos los chiquillos desheredados con los que se va cruzando en esa urbe de confusión o Gran Babilonia que era la Sevilla de finales del Quinientos.

Las corruptelas venían a ser de moneda corriente. No es que escasearan los controles y vigilancias, es que parecían atender mayormente a los conflictos y embrollos portuarios y a la persecución de infractores de las leyes tributarias y de delincuentes de mucho peligro. Por supuesto que no se trataba de nada relacionado con la intocable jurisdicción inquisitorial.

Da un poco la impresión que los castigos a ladronzuelos y embaucadores tenían más de efectistas que de concienzudos. El propio Cervantes insinúa la relativa impunidad de que gozaban las asambleas de truhanes, frecuentadas incluso por caballeros principales que acudían allí a gestionar y pagar agresiones contra terceros. Quizás pueda asegurarse que las propias trapacerías e ilegalidades de los poderosos incitaban a los desposeídos a incrementar sus incursiones por los mil vericuetos del hampa.

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