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Los juegos de naipes se convierten en el Siglo de Oro español en una de las formas de ocio más populares. Había partidas de cartas en las casas de juego, lugares que tenían licencia para tal práctica, pero también fuera de las mismas. Cualquier lugar era válido para poner en riesgo los [[maravedís]]. Las apuestas podían llegar a causar graves problemas personales, familiares e incluso de orden público. Fue tal la expansión del fenómeno que las autoridades tuvieron que tomar medidas y establecer ciertas limitaciones, al tratarse de un vicio en el que caían tanto nobles, como plebeyos y clérigos. 

Las casas de juego, también denominadas casas de coima, palomares o leoneras, estaban llenas de rufianes que trabajan en connivencia con los dueños del local para asegurarse beneficios en las apuestas. Los jugadores podían llegar de la mano de un abrazador, embaucador de la propia casa que les mostraba el camino. 

Los guiñones, que revelaban a través de señas el contenido de la mano; los macarenos, que jugaban en compañía para tener ventaja; o los modorros, que fingían quedarse dormidos en un rincón para incorporarse cuando los demás jugadores ya estaban cansados, son sólo algunos de los perfiles habituales de esas casas de conversación. 

En Rinconete y Cortadillo (1613), Cervantes presenta a dos rufianes dedicados al arte del floreo de los naipes, es decir, a la preparación de las cartes de antemano para ganar en el juego. El propio nombre de uno de ellos, Cortadillo, hace referencia a una forma de floreo específica. 

Chamorro Fernández, M. (2005). Léxico del naipe del Siglo de Oro. 

http://www.festivaldealmagro.com/blog/las-cartas-juego-o-vicio-nacional/

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